La Colonia Tovar

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Hace un mes me vine a Nueva York a estudiar cocina pero desde una perspectiva de lo que llaman el farm-to-table, o de la granja a la mesa. Cuando decidí estudiar quise buscar un programa que de alguna forma me enseñara un poquito más allá, que me permitiera ser útil al planeta y también a la sociedad. Para mí todo este movimiento de apoyar a los productores locales, de buscar los mejores ingredientes, de lo orgánico, etc., es mucho más que una moda. Me gusta pensar que conlleva una gran responsabilidad para la comunidad y también para la tierra, que es la que permite que se produzcan alimentos y que eventualmente podamos comer, además del resultado obvio de hacer comida mucho más rica. Cuando leí sobre este programa lo primero que pensé fue en Venezuela y en cómo muchos no le damos el respeto que merecen a nuestros productores. Como damos por sentado que hay alguien en algún lugar cultivando y nosotros simplemente vamos al mercado y lo compramos. Sí, a muchos nos encantan los mercados populares y sabemos que aquí o allá se consiguen las mejores frutas, el mejor pescado o un chocolate de buenísima calidad. Pero, ¿qué porcentaje de nosotros se toma la molestia de conocer más sobre ellos, sobre cómo es su producción, dónde está ubicada, cuántas personas las trabajan y qué tan natural es? Por otra parte me empecé a preguntar si esos mismos productores están prestando atención a los detalles, si estudian la tierra que trabajan, si cosechan todo lo que nuestra tierra puede dar o simplemente producen lo que saben que se va a vender en los automercados.¿La tierra en Venezuela sólo da una cierta variedad de vegetales y frutas o es que no estamos dándole chance de mostrar todo su potencial? Y me lo pregunto porque soy la primera que no se ha puesto a hablar con ni un productor antes.

Una de las últimas cosas que hice antes de irme de Venezuela fue acompañar a mi mamá a comprar vegetales en La Colonia Tovar. Hacía por lo menos 15 años que no iba para allá y me pareció buena idea volver y justamente a ese plan, a acercarme un poco más a los productores, a ver los mismos vegetales que vemos en el mercado pero en su momento más fresco. La verdad que la experiencia es otra cosa. Los colores, los tamaños, los olores. Provoca comprar de todo. Además me encantó ver el crecimiento de los cerveceros de la zona y me impresionó ver varias cervezas que nunca antes he visto en ningún lugar en Caracas. Si estamos tan cerca, ¿qué pasa que no hay más apoyo a los productores de la zona?

Nuestro paseo no podía terminar sin la rodilla de cochino o la chuleta y los chorizos en el hotel Bergland, una cerveza Benitz y también una Coloniera, un golfeado con queso de mano, los pretzels de Felicita y una parada técnica para comprar las salchichas Tovar. Este tipo de paseos en Venezuela son muy sabrosos. Ojalá todos los venezolanos logremos valorarlos más, respetarlos y darles el espacio para descubrir cada vez más productores y por supuesto más productos.  Por lo pronto sigo estudiando, despertando cada vez más mi curiosidad y pensando mucho en Venezuela, con ganas de que en un futuro cercano podamos ver todos mucho más de su potencial. 

 

Un viaje a India

Ir a la India es una experiencia difícil de explicar. Antes de viajar quienes ya han ido te dirán que es una experiencia única, que cambiará tu manera de ver la vida, que te moverá profundamente. Te hablarán de los colores, de los olores, de la gente, de la pobreza. Te advertirán sobre el agua, el picante y los posibles robos. Te alentarán a ir con una mente abierta y sobre todo a disfrutar. Y todo esto es la más absoluta verdad. Pero, a mi parecer, por más que alguien trate de describirte India, nada te preparará lo suficiente para vivir esa experiencia. Nada podrá hacerte imaginar la sensación de estar parado en una calle de Chennai con decenas de cornetas sonando a la vez, el olor penetrante de las flores de jazmín que cuelgan de los peinados de las mujeres mezclado con el de la basura que cubre el suelo, el calor que se siente desde dentro del cuerpo hacia afuera,  la incomodidad de tener tantas miradas sobre ti, el miedo, la intriga, las ganas de correr de regreso a casa y la emoción por arrancar el viaje. La India es fascinante, y no solo por lo que es, sino por todo lo que despierta en ti.

Mi visita a India fue en julio del 2014 con Camila, una hermana de la vida, talentosa fotógrafa y probablemente la mejor compañera de viaje que alguien pueda tener. Nuestro plan era irnos a un ashram a hacer un proceso de profundización espiritual, pero casi a última hora decidimos que realmente lo que queríamos era conocer el país y tomar fotos. Más nada. Así que eso hicimos. Contactamos a una agencia que se llama Incredible Real India, les contamos lo que queríamos hacer y ellos organizaron la ruta. Llegamos a Chennai, visitamos Pondicherry y luego volamos a Nueva Delhi. Desde allí  arrancamos y conocimos la zona de Rajasthán en carro: Mandawa, Bikaner, Jaisalmer, Pushkar, Udaipur, Johpur y Jaipur. Terminamos en Agra en donde vimos el Taj Mahal y tomamos un tren nocturno que nos llevó a Varanasi. De allí volamos de regreso a Nueva Delhi en donde hicimos la conexión para volar a Kathmandú, Nepal, y en carro fuimos hasta Lumbini, el lugar de nacimiento de Buddha. Luego llegamos a Pokhara en donde vimos por primera vez los Himalayas. Regresamos y paramos en Nagarkot, volvimos a Kathmandú y volamos de regreso a Nueva Delhi para hacer conexión a Chennai y volar de regreso a casa. Todo el recorrido nos tomó unos veintiséis días, muchas risas, algunas lágrimas, cansancio físico y CERO emergencias de baño causadas por el curry.

En estas semanas superamos miedos, acogimos como nuestra la comida india, fuimos vegetarianas casi un mes, nos dejamos estafar por un “guía turístico”, caminamos descalzas en todo tipo de lugares incluyendo un templo lleno de ratas, abrazamos a desconocidos y les pusimos carácter a otros. Me dejé robar por un elefante (Camila sí tuvo éxito dándole dinero para recibir su bendición), invitamos a nuestra mesa a un indio que eructó durante toda la merienda, comimos con las manos (en realidad con la mano derecha, la izquierda no se utiliza), temimos por nuestras vidas (los indios manejan como locos) y también la celebramos. Conocimos las letrinas y agradecimos los baños occidentales, tratamos de sostener una vasija en nuestras cabezas, montamos camellos en el desierto y elefantes en un fuerte, nos horrorizamos con el maltrato a los perros y aprendimos que lo sagrado de las vacas es relativo (no se las comen pero tampoco les dan comida ni amor). Nos enamoramos de los niños y de sus ojos enormes, nos cansamos de dar propinas por todo, presenciamos ceremonias religiosas (también cremaciones) y nos dejamos emocionar profundamente por el Taj Mahal. Nos perdimos y encontramos el camino que era de nuevo, llegamos a un lugar lleno de saddhus sonrientes y simpáticos, nos “tatuamos” con henna, regateamos en todo tipo de compras e hicimos que un indio cantara “Frío Frío” de Juan Luis Guerra. Rezamos, tomamos cerveza, vino y lassi de mango, comimos naan de ajo en todas partes y nos atrevimos a pedir una comida con picante medio.  También pedimos una pizza en Domino’s. Compramos especias, ropa, pulseras, antigüedades y malas. Aceptamos tomar chai en la calle y también toda la comida que nos regalaban, así estuvieran sobre papel periódico. Nos pusieron bindis en la frente y saludamos, agradecimos y nos despedimos con las palmas en oración en el pecho y un amable “Namasté” todas las veces.

Las experiencias fueron infinitas, así como las preguntas que surgieron sobre la vida y las respuestas que se asomaron más de una vez. En India cada vivencia se traduce en un llamado a la atención de la consciencia. Quizás por la energía del país, quizás por reconocer los parecidos que se esconden detrás de esa cultura que parece ser tan ajena. O tal vez son las grandes contradicciones que presencias lo que te hace ir más allá y cuestionarte tú tantas cosas. India no es un país que transpira literalmente el “Om” ni las enseñanzas de Ganesha, Krishna o Buddha. Detrás del “shanti” también hay abusadores, malintencionados, maltratos, basura, pobreza mental y situaciones doloras. Pero al final de eso se trata el ir con “mente abierta”. No es solo para aceptar las diferencias y no pasar roncha, sino también para reconocer qué hay dentro de ti de todas esas cosas que ves que no te gustan y que te desagradan o, si quieres ir más allá, entender las enseñanzas de los gurús o deidades con mayor claridad. Pero también hay demasiadas sonrisas, gente amable, desprendimiento de lo material, fascinación por el otro, admiración y lágrimas de gratitud que brotan solas sin razón especial. Yo describí India como una “licuadora de emociones” una vez y todavía me sigue pareciendo la definición más cercana. Pero como dije al principio: nada ni nadie describirá lo suficientemente bien este país más que tu propia experiencia. Este video documenta en tres minutos algunas de las cosas que vi, probé y viví y se lo dedico a mi compañera de viaje. Gracias a Camila por haber sido parte de esto y a los talentosos Rafa y Lianni por ayudarme a darle forma.